domingo, 25 de enero de 2009

Sans Titre

Esperaba sentada al lado de aquel ventanal en el café, mirando, aguardando. Eran las diez y siete minutos, habían acordado para las nueve y media, pero claro, él siempre había sido impuntual, y sintió una punzada de odio en la boca del estómago. Al final lo vio cruzar la calle, siempre peinado y con esos trajes impecables, el portafolio en la mano.
Entró al café, sus ojos de pronto encontraron un rostro familiar, y con una sonrisa se acercó y se sentó, y pidió un café con medialunas porque estaba hambriento y cansado por el trabajo.
Sí, el siempre cansado, pensó, siempre tenía algo, siempre un dolor de cabeza, o fatiga, o lo que fuera, por más mínimo en insignificante, siempre que ella estuviera mal, él tenía algo peor de lo que quejarse. Y aunque tenía muchas ganas de decírselo, sonrió.
— Llegaste un poco tarde, ¿qué pasó?
— Se atrasó un poco el tren, no sabés lo que fue la espera, hacía un calor infernal
Sí, vení a hablarme del calor a mí, pensó, ayer me tuviste dos horas y media esperando abajo del sol.
— ¿Ah, sí? Mirá vos, yo ni lo sentí... Qué bárbaro, che. ¿Y el trabajo?
— Bien, bien, pero estoy cansadísimo — tomó un sorbo de café —. Te veo más rellenita, ¿subiste de peso?
Infaltable una crítica de su parte. No sabía si era a propósito o de estúpido nada más...
— Sí, puede ser, la verdad que ni me pesé.
— Qué buenas están las medialunas... ¿Querés? Comé, están buenísimas.
Cínico, pensó, hijo de puta. La táctica de siempre, insultar, y ofrecer, atacar, y acariciar, apuñalar y besar.
— No, no, gracias, no tengo hambre.
— ¿Seguro?
— Sí, seguro
— Bueno, está bien... ¿Y ese vestido? ¿Es nuevo?
— No, hace tres meses que lo tengo...
— Ah, qué raro. No me gusta mucho cómo te queda ese color, hay otros mejores... Igual está bien, si a vos te gusta.
Calmate. Respirá hondo. Tranquila.
— Sí, puede ser... No es uno de mis vestidos favoritos, igual. ¿Che, querés ir a dar una vuelta?
— Ahora no, estoy muy cansado...
Por supuesto, para ella nunca tuvo tiempo y jamás lo tendría. Siempre que tuvieran que salir a algún lugar juntos él estaba cansado. Pero cuando lo llamaban sus amigos para jugar al fútbol, o alguna de sus “amigas”, pensó con cierto recelo, para salir a cenar, se curaba en seguida. Hipócrita.
— Dale, terminá el café y vamos a caminar por ahí.
— Bueno, pero esperá que me tomo una aspirina.
Accedió, el hipocondríaco. No podía evitar tener algún malestar por alguna tarde. Miralo, cómo exagera, cómo frunce el ceño y se toca la frente.
— ¿No tendré fiebre, che?
No, qué vas a tener fiebre, con la cantidad de remedios que ingerís por día alcanza para el dolor de cabeza de medio batallón de soldados con piernas amputadas.
— No sé, después cuando volvemos a casa te fijás, traigo el termómetro y te tomamos la temperatura.
Con una mano llamó a uno de los empleados del café, y ella lo miraba, al borde de la histeria, repudiando cada movimiento, cada gesto que hacía.
— Ah, por cierto... Para esta noche cociné pizza.
— ¿Cocinaste? ¿Vos? — se río con sarcasmo —. No me gusta mucho la masa casera, además siempre te sale muy harinosa.
Dejá de quejarte por todo lo que hago, por dios, dejá de quejarte. Algún día...
— Pero mirá que la hice con receta, medí bien las cantidades y todo, ¿eh?
— Como digas...
Esa respuesta indiferente la sacaba de quicio. La enloquecía, la irritaba profundamente. Pero nuevamente, al levantarse, sonrío. Salieron tomados del brazo, (sentía asco, repulsión por ese ser pernicioso, sucio, enfermizo, pero disimuló), caminaron dos cuadras, llegaron a la plaza y se sentaron en un banco. A esa hora no había nadie, así que metió la mano en el bolsillo del tapado.
Y poniéndole la punta del revólver en la nuca, lanzó una carcajada lunática, y descargó con la última bala todos los años de odio acumulados dentro suyo, la bronca, el dolor, las lágrimas que se había guardado por miedo a alterar su vida cotidiana, y mientras él la miraba con ojos vacíos, muertos, abiertos por el horror, ella reía, reía con carcajadas frenéticas, con una euforia incontenible, y el temor de ser descubierta era ofuscado por una alegría inconmensurable.
— ¿Te pasa algo? Estás muy pálida... En realidad casi siempre estás pálida, pero ahora todavía más, parecés enferma...
Sonrió.
— No, nada, estaba pensando... No te hagas problema, pavadas mías. ¿Volvemos a casa?

jueves, 22 de enero de 2009

Prejuicio

La de la derecha era una adolescente típica, con anteojos de sol grandes aunque afuera estaba bastante nublado, pantalones ajustados que probablemente brillarían en la oscuridad y un bolso que podría llevar cómodamente a una ballena franca austral. Mascaba chicle con la boca abierta y miraba por la ventana, de a ratos dándole una mirada al celular. Sencillamente aburrida, común. Tenía cara de estúpida, de esas chicas jóvenes que prefieren salir a bailar y declararse embriagadas y descontroladas después de tomar un licor de melón antes que ver una película verdaderamente buena en el cine o leer un libro. Posiblemente bajara en San Miguel, o alguna de esas zonas más bien céntricas en donde los locales atiborrados de vidrieras se apretujan entre la gente que dispara a través de las calles como misiles.
Dos asientos más adelante había otra mujer que parecía venir del interior. De Tucumán. O Mendoza. Mendoza, en realidad, tenía más cara de mendocina. Quizá se llamaba Roxana, el pelo oscuro bajaba en ondas hasta los hombros gordos que se veían
debajo de una musculosa azul eléctrico, la opulenta cintura doblándose en varias capas hasta las caderas anchas con pantalón blanco. Los pies con zapatos de plataforma dorados se cruzaban, y en el regazo llevaba una cartera de cuero barata que hurgaba con sus manos y sus uñas largas y rígidas como un pico de loro. Por el olor a acondicionador barato que salía de su cabello crespo, y la manera en que buscaba dentro de su cartera, separando con cuidado de no romperse las uñas, podría decirse que era peluquera, o empleada en una manicura.
Guillermo desvió la vista hacia el asiento siguiente. Un hombre que... Momento. Volvió a la mendocina. En realidad tenía más cara de llamarse Claudia. Claudia, ero era, Claudia estaba mejor. Ahora sí. Un hombre (a quien le dio el nombre de José) que se rezagaba contra la ventana, la cabeza semi-colgando como una marioneta muerta, se erguí
a de a ratos, causando la impresión de no estar muy seguro en donde bajarse. Lo cual era una contrariedad, ya que su apariencia delataba a un hombre cansado volviendo de su trabajo diario, repetitivo, monótono, idéntico cada día. La piel morena estaba aun más bronceada y cuajada por el sol, así que seguramente trabajaba en las calles. Su bolsito de tela rojo decía que era vendedor ambulante. Lo imaginó subiendo y bajando de tren en tren, de colectivo en colectivo, con su bolsito rojo repartiendo golosinas derretidas por el calor y que inspiraban poca confianza a pasajeros que lo ignoraban espléndidamente y no estaban interesados en lo más mínimo en comprar alguna de sus baraterías. Sino también encajaba en un escenario de calle, parado en un puesto de diarios o vendiendo facturas resecas, aireadas y excesivamente dulces en una esquina. Lo vio llegando a su casa, pequeña, de uno o dos ambientes, con las paredes mohosas y repletas de grietas; su mujer sería una ama de casa descuidada que en su vida intentó buscar trabajo, ya que fue educada para servir a su marido. Cuando él llega al anochecer, se sienta a la mesa destartalada y cubierta con un mantel de plástico con quemaduras de cigarrillo mientras ella se dedica a cebarle mates, el perro hambriento se acerca a pedir algún bizcocho intoxicado por las moscas, y los niños (de nueve años para abajo) corren de un lado al otro, a los gritos, y él está cansado de su trabajo, de su vida, de su familia. Guillermo sintió pena por él.
Le faltaban por lo menos cuarenta minutos para llegar a destino. Suspiró. Lo mejor sería continuar el juego. A unos pocos pasos, una muchachita medio machona se sentaba con las piernas abiertas y auriculares que resonaban en una percusión aturdidora. Practicaba inútilmente una finura falsamente femenina, con una pollera de jean y una remera escotada que no podían esconder sus tatuajes de delincuente sobre sus brazos musculosos ni sus zapatillas de callejera. Si bien durante el día intentaba parecer un poco más presentable, por las noches le gustaba juntarse con amigos a tomar cerveza, fumar mucho y comer pizza, quizá hasta gritara los goles en los partidos, y no tenía ninguna aspiración más que continuar
con su trabajo mediocre de cajera de supermercado y tener dinero suficiente para salir de parranda todas las noches y volver borracha a su casa, acostarse con cualquiera y dormir cuatro horas diarias sobre una cama vomitada, para luego levantarse y atender a su trabajo en el supermercado y escaparse a fumar en los baños.
Al lado de Claudia iba, desgreñado y cansino, un obrero, con su musculosa blanca sucia y remendada, la piel oscura y arrugada sobre la alta frente de cejas espesas, los ojos frenéticamente escudriñando con disimulo. Imaginó que llevaría una vida igualmente triste y aburrida que José, aunque en una faceta más solitaria y oscura. Imaginó su casa a-punto-de-derrumbarse, bebiendo vino en cartón, conteniendo una furia carmesí en sus profundos ojos negros, salivando en las calles y golpeando paredes o, incluso algunas veces,
mujeres.
Un Alberto de rulos abundantes y anteojos descendió por la puerta del medio, seguido por un muchacho rubio de unos veintitantos años, no muy alto, bastante robusto. Llevaba una camiseta simple, quizá un poco ajustada para su cuerpo panzón, con alguna leyenda que no llegaba a leer. Sobre su espalda cargaba una voluminosa mochila gris y naranja, que hacía juego con la gorra del mismo color. Era inconfundiblemente un adicto a los videojuegos que pasa horas a oscuras, achanchado sobre un sillón en la sala de estar (no pudo más que imaginárselo de color naranja y considerablemente desgastado), iluminado únicamente por la fuerte luz azulada de la pantalla que le da un aspecto extrañamente mortecino, como un cadáver ahogado. Seguramente se frustraba con facilidad, escupía insultos mascullados entre dientes mientras su cara se tornaba en un gran globo rojo, y agraviara con ofensas racistas.
Mientras tanto, una mujer con la que era su sobrina caprichosa y algo petulant
e, y una anciana que se conservaba en buen estado, subían y se acomodaban.
La tía con su remera rosa y su aire de trabajar en una tienda de ropa para adolescentes y jóvenes que le ofrecía descuentos, y su sobrina malcriada enfurruñada en una asiento no cautivaron su atención.
Sí lo hizo, en cambio, la anciana. Era una vieja bastante ágil, apenas rozando los sesenta años. Se vestía con soberbia, enteramente de negro, a excepción del reloj de pulsera dorado y la cadena reposando sobre su cuello que brillaban a la par de su pose altiva cual águila. Sonreía con alegría, aunque no era la dulce viejecita indefensa que apenas si puede caminar. Había que ser honesto, era dueña de un enorme carisma que enseguida generaba simpatía.
Era como la abuela divertida que regala dinero y juguetes costosos
a sus nietos, que siempre los recibe con la alacena llena de galletas, golosinas y postres, que evita con ellos todas las normas absurdas. Conversa de todo un poco con la madre, quien ríe mucho, y reta con cariño al padre por dejar los zapatos tirados en el living-room, o armar un sándwich de restos de alimentos avejentados en la heladera.
Entonces otra idea cruzó por su cabeza, la de la verdadera historia de aquella anciana divertida; la original, la que se esconde detrás de su sonrisa impostada y se refleja en sus ojos maliciosos.

La observó allí erguida, fría, calculadora, distante, elucubrando planes siniestros que la beneficiarían, ansiosa por sobrecargar a quien quisiera escucharla con profecías mustias. Era hábil, la muy hijadeputa, una excelente arpía perversa y manipuladora que sometía a su familia entera a sus antojos. Con dulces compraba a los nietos, para luego exigirles que siguieran al pie de la letra sus costumbres, que rezaran con ella antes de cenar; con adulaciones e historias seducía a su nuera con historias deslumbrantes y le ofrecía todo tipo de ayuda y regalos, para luego husmear en la cocina y recetarle cómo y qué ingredientes utilizar o criticarle las masitas. Con su hijo, en cambio, era mucho más dir
ecta: ya desde niño lo tiene atrapado entre sus garras, con una simple mirada es capaz de hacerlo obedecer como un perro con la cola entre las patas, que compre tal o cual cosa para decorar la casa, que lleve a sus hijos a este colegio que siempre le pareció correcto, o que los eduque de esta otra manera.
Sucia mentirosa, manipuladora. Dictadora, tirana, hijadeputa. Me da asco, pensaba Guillermo, inconscientemente frunciendo la nariz, apestado por el hedor de mil cloacas. Asco. Me exaspera con su presencia repulsiva, tramposa vieja rancia, ma
nzana podrida empastada de tentaciones, víbora seductora sedienta de servirse de otros, serpiente vendedora de sueños falsos, aprovechadora. La imaginó colándose en las filas del banco, dirigiendo aquí y allá, humillando a su marido inválido y algo senil. La odiaba, la detestaba, e incluso esos verbos parecían minúsculos al lado de la inmensa sensación de exacerbada repugnancia que lo perturbaba. Luchaba contra sí mismo para no levantarse de su asiento, para retener sus ansias de saltar sobre su cuello forrado de piel colgante y acogotarla como una gallina.
No lo soportaba más. Debía hacerlo, era la lucha final. Sentía ac
aso como un deber de librar al mundo de semejante bestia de perfidia; el timbre que determinaba el último round ahogaba los pasos de su corazón, mientras el vehículo se arrimaba a la acera. Entonces la vieja bajó, dejándolo desconcertado, con la ira a flor de piel. Qué más da, pensó, si total es sólo otra anciana desconocida que viaja en colectivo.

domingo, 28 de diciembre de 2008

Homenaje a Julio Cortázar

Independientemente de lo trillado de esta idea, siento el deber-placer de escribirte, un poco porque así vuelvo a dibujarte de este lado. Verás, sos vos el desencadenante de esta adoración, el responsable de llevarla al extremo de la alabanza. Excusarás, espero, el atrevimiento con el que me dirijo hacia vos con tanta cercanía, pero es que es una cercanía necesaria, que vos mismo en cuerpo y alma lograste construir, con paciencia y esfuerzo (pero no tanto, con tanta facilidad cautivabas el cariño de tus lectores), como un castillo de cartas, aunque ni el torbellino más feroz logró derribarlo. Hoy, años después de tu muerte, tamaña construcción, proveniente de tus manos, arquitecto sublime, continúa de pie, y es por esto que te escribo.

Bien dijo Gabriel García Márquez: “Los ídolos infunden respeto, admiración, cariño y, por supuesto, grandes envidias; Cortázar inspiraba todos esos sentimientos como muy pocos escritores, pero inspiraba además otro menos frecuente: la devoción.”

Devoción tal que no puede describirse. Devoción absoluta, como escasos artistas logran generar. Devoción hasta el punto de ser un amor platónico, idealizado e inalcanzable, “
Somos este encuentro desde tiempos y espacios distintos, una anulación de esos tiempos y esos espacios”. Un amor separado por relojes, tormentas y polvos ancestrales; por tierra, humedad y gusanos.
Al irte “a mirar las flores del lado de las raíces”, dejaste del Lado de Acá a generaciones, centenares, miles, incontables devotos que suspiran hasta las lágrimas por cada frase. Tu muerte fue una y mil muertes; cada día renacés para irte otra vez
Catorce de Febrero. Día de los enamorados y, dado a eso que llamamos azar a falta de su verdadero nombre, a las casualidades que tanto admirabas, dejaste aquí a una multitud enamorada que, derramándose sobre tu imagen, llorando con doloroso espanto, a la vez llora con un amor inconmensurable, con calidez, con devoción. Al irte, se fue un maestro, un sueño, un ídolo, un hermano, un ejemplo, un amor.
Veintitantos años después, otra generación de multitudes alaban a tu fantasma, lloran tras imaginarte ahí, mirando las flores del lado de las raíces; soñándote, pensándote. Una multitud que es un Oliveira cualquiera que busca a su Maga, que te busca a vos en cada palabra, cada poema, cada letra, un ciclo elíptico de adoración, esperando quizá encontrarte, alto, barbudo y sonriente, sutil y elegantemente fumador, en alguna esquina, algún puente, alguna vidriera, en algún aliento imperceptible.
Hoy, te lloro porque te sentí morir otra vez; hoy te lloro porque lloro con la multitud fascinada, devota, enamorada de tu magia, tu jazz, tus gatos, del lenguaje que construiste y que hoy hablamos. Hoy, te sigo buscando, y espero encontrarte, siquiera, en un pedacito de estrella.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Si he de vivir..

Si he de vivir sin ti, que sea duro y cruento,
la sopa fría, los zapatos rotos, o que en mitad de la opulencia
se alce la rama seca de la tos, ladrándome
tu nombre deformado, las vocales de espuma, y en los dedos
se me peguen las sábanas, y nada me dé paz.
No aprenderé por eso a quererte mejor,
pero desalojado de la felicidad
sabré cuánta me dabas con solamente a veces estar cerca.

Fragmento de “Si He de Vivir” – Julio Cortázar



Es difícil escribir sobre vos. Es incluso más difícil no hacerlo y resignarme a una ausencia como un hueco, como un agujero negro en el pecho, en una mente acribillada de memorias, en el alma, entregarte a una persistencia de nudo en la garganta y lágrimas que no caen y se absorben nuevamente en la cuenca de los ojos. No quiero que seas eso, quiero que tu persistencia sea, al menos, un suspiro inesperado cuando creo oír sólo silencio. Si mis ojos no pueden hacerlo, la tinta llora palabras por mí.
Es un estorbo inevitable el verte en mis recuerdos; lo evito, juro que lo intento, pero inevitablemente te busco en cada cosa que me recuerda a vos, como un fantasma que me hostiga con ternura, subconscientemente te pinto en paisajes inesperados.
Quisiera que no acudieras a mi mente sino con tu alegría siempre risueña, con ese humor óptimo de siempre, con tu cálido gigantismo de oso de felpa. Pero, contrariamente, de la mano trae consigo esas memorias más terribles, de bruma negra y pegajosa que se adhiere como petróleo y duele, ahí, en el pecho. Entonces vuelvo a ver tus pómulos fríos, tu frente alta de nácar blanco, tu rostro con una rigidez gris que no te pertenece, la sombra oscura de tus ojos que duermen eternamente en silencio, tu cabello abundante reducido a una pelusita negra que apenas llega a cubrirte la cabeza. Sin pensarlo, te imagino un hálito que te infla el pecho y por un instante creo que respirás. Pero no. Y otra vez veo tu fantasma alegre en la sala blanca de hospital (que no la vi, pero sé que es blanca, igual que tu rostro demacrado y feliz, tu rostro cansado y optimista, igual que tus alas). Y estás ahí, en el hospital y sos real, y vivo tu lucha contra el blanco llano que te devora, blanco-hospital, blanco-sábanas, blanco-glóbulos, blanco-enfermedad, blanco como una cáscara vacía. Marea blanca que te consume, marea blanca infectada.
Y estás ahí, te vivo otra vez, te lloro otra vez, te pido otra vez que no seas este fantasma blanco, que seas un mal sueño, te ruego otra vez que al despertar sigas respirando, que todo esto sea irreal, un cuento fantástico, una película, pero no la verdad, que el desgarro en el alma, que cada golpe de dolor furioso sea una mentira; que no te hayas ido, que hayas ganado la batalla, que seas el triunfador en ese Round contra el blanco que te consume, el blanco-hospital, blanco-sábanas, blanco-glóbulos, blanco-enfermedad. Blanco-muerte.

viernes, 28 de noviembre de 2008

Escrito en la arena

Cada uno de los papeles tenía ese aroma particular, en el instante en que abría el sobre sabía que era de ella. Antes de decidirse, sin embargo, a rasgar el borde, le gustaba adivinar, jugar con el sobre a contraluz para que su blancura de paloma revelara algún secreto transformándose en un amarillo translúcido, recorrer con las yemas de los dedos como leyendo en Braille cada rugosidad del papel, sentirlo, disfrutarlo, hasta que la curiosidad arrebataba su delicada paciencia y no podía más que dedicarse a comprobar qué tan acertado había sido su intento – y casi nunca fallaba, ya estaba a unos pasos de ser declarado no oficialmente experto en intuiciones.
Era esa peculiaridad de sus instintos que lo sorprendía hasta el punto de divertirse con sus propios aciertos. En algunas ocasiones las coincidencias eran tan absurdamente cómicas que no podía evitar lanzar una carcajada que rompiera el aire como un cristal.
Independientemente de aquel aroma que sellaba todos los sobres, cada carta escondía su particularidad, un secreto que la diferenciaba de todas las demás cartas. Principalmente porque nunca tenían letras, ni siquiera en el sobre. Del lado delantero, el destinatario estaba identificado con una mancha: verde, irregular, inconfundible. Nadie podía engañarse y creer que estaba dirigido hacia otra persona, era inequívocamente suyo.
La primera carta que abrió sólo escondía sensaciones: invisibles, inodoras, incoloras. Se halló a sí mismo embargado de una risa que no podía contener, entregado a ese cosquilleo que surgía del centro del cuerpo; luego, una metamorfosis interna le empañaba los ojos, una mezcla de ternura y nostalgia, hasta ser una explosión de ira que se disolvió en una paz interior en la que se dejó flotar hasta el sueño.
La siguiente fue una agradable brisa que mutó en un ventarrón, casi destrozando su habitación con su cara de tormenta de verano.
Luego fue una lluvia de hojas secas; en el instante en que abrió el sobre comenzaron a brotar como una fuente, mientras el suelo se inundaba de hojas secas, alrededor de la lámpara de pie, sobre los sillones aterciopelados, debajo del piano se extendía una alfombra de otoño resplandeciendo en rojos, dorados y cobrizos.
Después vinieron más, polillas revoloteando en una nube de polvo, olores de media tarde con pasteles de frambuesas, pastafrolas y hebras de té, melodías lejanas de algún reino mágico y remoto.
A pesar de estas características distinguidas, el asombro lo había abandonado hace tiempo ya; fue la última carta la que más lo desconcertó, ya que jamás hubiera esperado una noticia como aquella. Por lo general ella estaba alegre, llena de ilusiones y esperanzas, sonreía (él no podía verla, pero sabía que sonreía, y que era hermosa). Pero esta vez fue distinto.
En cuanto un golpe en la puerta lo despertó de su ensimismamiento, se precipitó a encontrarse con ese tan anhelado mensaje que llegaba todas las semanas.
Sonriente, con el corazón galopando, sostuve el sobre en las manos temblorosas. Lentamente lo aproximó a su rostro. Su olfato jamás fallaba, ese aroma era inconfundible. No tenía nombre, ni se parecía a ningún otro aroma, simplemente era olor a Ella, su esencia; este sobre, de todas formas, venía acompañado por algo más. Un ligero vestigio de tristeza, quizá también algo de culpa, pero sobre todo tristeza.
¿Qué escondería esta vez? ¿Una arruga? ¿La oscuridad de la noche? ¿Un suspiro? Estaba asustado, perdido, sin saber qué esperar.
Con calma, intentando tomar todo a la ligera y no desesperar, se dejó caer en el mejor sillón encendiendo un cigarrillo. Cerró los ojos, y soltando una última bocanada de humo caliente, llevó sus dedos al borde del sobre decidido a abrirlo, olvidando el juego previo.
Instantáneamente, un líquido liviano y transparente comenzó a gotear, rodando hasta su regazo como los primeros indicios de lluvia, lo cual lo desconcertó aun más. ¿Lluvia? ¿Era acaso ésa su tristeza? Imposible, con los ojos cerrados no hacía frío ni viento, ni siquiera un leve soplido de hielo, aunque una sensación helada partía de adentro suyo.
La extraña llovizna se deslizaba, ligeramente más espesa, empapando ahora sus zapatos de cuero y medias grises que parecían una pasta húmeda aplastándose bajo sus pies, subiendo por los pantalones que se adherían a sus piernas en un remolino de tela mojada y piel.
Entre todo aquel embrollo de agua, una de las gotas saltó a su boca entreabierta. Claramente húmeda, pequeña, salada. ¿Un océano? No. Un océano sin su verde y sin sus peces de colores no podría ser un regalo suyo. Demasiado triste para ser de ella y su eterna sonrisa.
Una repentina curiosidad lo impulsó a mirar dentro del sobre, cosa que jamás se había atrevido a hacer. Nada. Agua y más agua. Y luego, tristeza, una melancolía gris y agobiante que finalmente lo iluminó y comprendió todo. Las lágrimas de sus ojos que se mezclaban con las otras lágrimas sumergiendo el living-room, le decían que no sabía si volvería a recibir otro de esos sobres mágicos.

domingo, 26 de octubre de 2008

Rompiendo silencios

Te extraño. Estás acá, y por alguna razón que no logro comprender, te extraño. Es una distancia que no se puede medir en metros, o pies, o yardas – una distancia abismal y abstracta, pero que está y es aun más dolorosa que la física.
Quizá si desapareciera en una dimensión lejana sería más fácil encontrarnos. Podría deshilachar tu nombre para gritarlo una y mil veces, y aun así no me oirías en el vacío que nos separa (¿vacío interno?). Y aun así no te importaría.
Silencio. Silencio atiborrado de recuerdos que se desvanecen y nostalgias ruidosas. Me desgarro, me pudro por adentro – pero sonrío, sonrío y tal vez así engañe a la realidad. Tal vez las máscaras sean mejor que un llanto crudo, tal vez esconderme y pretender que nada cambió me ayude a seguir.
Y ni siquiera sé por qué tanta importancia. ¿A quién podría importarle tanto su álter ego? Si no sos más que mi propio reflejo, si lo único que pierdo es una parte de mí...

martes, 9 de septiembre de 2008

La magia está en la piel

Seguramente la consciencia se pregunta, ¿qué es ese fuego que nace en algún punto del centro del cuerpo y se expande casi por ósmosis hasta la punta de los dedos, recorriendo cada centímetro, cada partícula que vibra con aquellas ondas invisibles?
Ella está encantada. Bajo el hechizo inexplicable de las miradas, y no es amor. Quizá pasión, quizá algo más oscuro, profundo e indescriptible, un sentimiento más siniestro que se apodera de la mente y de los sentidos, que la hace estremecerse desde el cuerpo hasta el alma. Un roce de la piel cálida que eriza los pelos, que irradia una fiebre consumidora. Está bajo su poderío, entregada a un dominio hipnotizante, a una fascinación indiscutible, incontrolable.
Él es misterio, encanto, intriga y penumbra. Él es una atracción morbosa, un silencio tenebroso que la posee, la absorbe hacia las tinieblas sin permitirle siquiera resistirse, es una aberración que la cautiva, la atrapa entre su lazo tirano, un arrebato de llamas que envuelven el todo y lo simplifican a cenizas, una incandescencia fruto de la combustión del tacto, la respiración lenta y caliente, una violencia y un dolor dulce.
El impulso que fluye, la libido que emana frenéticamente. La ira, la excitación, el miedo que también es seductor. La sangre que corre furiosa. El rendirse hacia los sueños más sombríos, la colisión de dos mundos disparados el uno hacia el otro sin poder detenerse a una velocidad magnética, el caos, las chispas, el humo. La barbarie, la pasión, el fuego. El fuego, la barbarie, la pasión. Energía, fogosidad, ardor.
Y ella no se resiste. Ella le pertenece, se sume cada vez más en esa oscuridad que la avasalla y la encandila, la conquista y la pierde. Un secreto negro y nefasto, un ímpetu de misterio y silencios y noches. La música. Ella. Él.